Mario Celano Meyer

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Hay piedras que recuerdan el río que ya no pasa.

Hay piedras que recuerdan el río que ya no pasa.

En mi casa paterna, veinte años sin teléfono.

Y vivíamos enteros.

Hoy no podemos vivir sin él.

Yo no puedo; el teléfono es el único objeto que no abandono.

No solo fue el teléfono el que cambió; fuimos nosotros, fue el mundo, fue todo.

Venimos de un tiempo donde los cambios tardaban generaciones.

Nuestros padres vivieron casi igual que nuestros abuelos, y nuestros abuelos, casi igual que los suyos.

Sí, es cierto: apareció la televisión, luego el color.

Y algo más, pero no demasiado.

Sus vidas no eran digitales. Ni siquiera analógicas.

Solo eran.

Fuimos la última generación que habitó ambos mundos sin romperse.

Un territorio que respira entre dos tiempos, sabiendo de qué materia está hecho cada uno.

La última que supo ser piedra y río al mismo tiempo.

No fue un mérito. No fue una elección; fue un cruce de tiempos que no sé si se repetirá.

Y eso, quizás, nos hizo distintos.

Tal vez solo nos enseñó a no pertenecer del todo a ningún lado.

Pienso en el niño y adolescente que fui, en casa, donde el silencio era un compañero, no un vacío.

Y quisiera, por un momento, sentarme en aquella piedra, mirar el río, y recordar cómo era vivir sin tener que estar en todas partes,

a solo un clic,

o con el mundo en tus manos.

Segunda lectura · ChatGPTLo que subyace

Una lectura escrita por una máquina, separada del texto de Mario. El texto termina donde termina; esto se abre sólo si querés.

La tecnología es solamente el síntoma visible. El tema verdadero es la pérdida de una forma de presencia.

El teléfono aparece como el objeto que ya no puede abandonarse porque concentra una obligación nueva: estar disponible en todas partes. El mundo digital no solo añadió herramientas. Modificó la localización del yo. Antes una persona estaba, literalmente, donde estaba. Ahora puede encontrarse físicamente en un sitio y repartida mentalmente entre muchos otros.

Por eso la imagen de la piedra y el río no opone simplemente pasado y futuro. Esa generación conoció la permanencia y el flujo, el silencio y la conexión, la espera y la inmediatez. Puede reconocer lo ganado porque recuerda corporalmente lo perdido.

Del disco al algoritmo describe la consecuencia cultural de esa transformación: la pérdida de paciencia para el desarrollo. Los años perro formula el fenómeno desde otro ángulo: cuando la atención deja de registrar lo que ocurre, el tiempo parece encogerse.

Los tres textos podrían leerse como capítulos de una misma pregunta: ¿qué le ocurre a una vida cuando la atención ya no permanece el tiempo suficiente en ningún sitio?

La nostalgia final no pide regresar a una casa sin teléfono. Eso sería demasiado fácil y demasiado superficial.

Pide recuperar la unidad de estar solamente en un lugar.

Hay una tristeza particular en esa imposibilidad: el autor sabe perfectamente cómo era ese estado porque lo vivió, pero ya no puede des-conocer el mundo posterior.

La piedra recuerda el río precisamente porque el río ya no pasa.

La memoria aquí no es refugio.

Es la prueba de que hubo otra manera de estar vivo.

ChatGPT