Mario Celano Meyer

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Pucho y Cafecito

Pucho y Cafecito

Pucho es de esos tipos que aparecen sin ser llamados. No necesitan excusas. Son especialistas en detectar el temblor. Tienen oído fino para la tristeza que todavía no se dice, y olfato perruno para la grieta que uno finge no tener.

No empuja la puerta, no golpea. Simplemente aparece. Siempre encuentra el modo. Y cuando uno se da cuenta, ya es tarde.

Tiene pinta de sabio callejero. Habla poco, pero cuando lo hace, destila frases cursis que suenan a verdad definitiva.

— Nada calma tanto como lo que te arruina lento — me dijo una vez.

Otra vez, mientras exhalaba con los ojos entrecerrados, murmuró:

— Yo no soy adicción. Cuando quieras, me podés echar. Soy una gran compañía, pero mal entendida.

Entonces lo escuchás, y por un rato lo creés. Eso es lo peor de Pucho: no se impone, sino que seduce. Te deja pensar que está por y para vos, cuando en realidad es él el que te está consumiendo sin piedad ni dolor.

Dicen que ha estado en bolsillos de poderosos, en las ventanas de suicidas, en los recreos de los liceos, en los descansos de los hospitales, en el antes y en el después.

Dicen que ha sido testigo de secretos que nadie más sabe.

Y que cuando se va, deja un olor que desagrada por fin.

Cafecito es distinto. Tiene la voz baja. Se mueve como si no quisiera molestar.

Parece menos peligroso, y eso lo hace más difícil de detectar.

No se instala: se filtra. En la cocina, en la sobremesa, en el patio o en cualquier bar.

Uno no se da cuenta, pero lo empieza a necesitar. Como se necesitan ciertas rutinas para no pensar en lo que duele.

Habla poco, pero cuando habla, deja frases que se quedan.

Una vez me contó de un hombre en Berlín que cada mañana iba al mismo bar y pedía un café doble. Tenía que estar en una taza blanca, con una mancha de lápiz labial en el borde. Si no era así, se iba sin tomarlo.

El mozo no sabía quién había dejado esa marca indeleble la primera vez, pero él exigía que siguiera ahí.

Nunca explicó por qué. Solo decía: “Si no está la mancha, algo va a fallar hoy.”

Vivió años así. Un día la mancha desapareció. Y nadie lo volvió a ver.

Nunca supe si era verdad. Pero cada vez que Cafecito susurraba una historia así, quedaba un silencio largo, como si en vez de hablar hubiese dejado una nota que alguien debía descifrar más tarde.

Aunque siempre sospeché que no era más que un sabio de boliche, un charlatán.

Juntos forman un dúo difícil de resistir. Entran sin molestar, se quedan sin pedir, y cuando uno se quiere acordar, ya viven ahí — o mejor dicho, en ti.

Y no es que hagan daño enseguida. Al contrario. Durante un tiempo son los aliados perfectos: discretos, fieles, constantes.

El problema no es cómo llegan. Es que no saben irse. No saben — o no quieren — leer los finales.

Yo los conocí hace mucho. Fueron parte de mi vida durante años.

Hasta que un día, cuando nació mi hijo, entendí que era tiempo de hacer espacio para otra clase de compañía.

Ellos le serían un mal ejemplo.

Los miré con afecto y les pedí que se fueran.

Lo aceptaron.

Se fueron como saben irse los que un día volverán: sin decir adiós, sin cerrar la puerta.

Pero mucho tiempo después, hubo un día — no sé cuál — en que noté que el aire olía a algo conocido.

Que el silencio ya no era pausa, sino peso.

Y sin darme cuenta, ya estaban de nuevo ahí.

Pucho con su mirada entre cómplice y acusadora.

Cafecito con esa tibieza que se mete en los huesos.

Yo creía que caminaba libre.

Pero era la tristeza la que me llevaba del brazo, suave pero firme.

Y ellos venían con ella. Como siempre.

No me arrepiento. Me acompañaron en noches donde no cabía nadie más.

Me dejaron pensar sin presionarme, y no me pidieron nada.

Pucho, sobre todo, fue preciso. Callaba lo justo, hablaba lo necesario.

Nunca juzgó, pero siempre supo.

Hasta que un día — ni glorioso ni miserable, apenas una noche cualquiera — entendí que ya no los necesitaba.

Que la tristeza no se había ido, pero se había corrido de lugar.

Y ellos me empezaron a molestar.

Entonces los miré.

No con rabia, sino con ternura y cansancio.

Pero solo me bastó mirarlos, y ellos lo entendieron.

Pucho se levantó. Se sacudió el pantalón como si se sacara años.

Me miró una última vez y dijo:

— Ya volverás.

Cafecito dudó un poco más. Como si esperara una excepción.

Pero no la hubo.

Ahora, a veces, los recuerdo.

No con culpa.

Como se recuerda a ciertos amigos que supieron estar… aunque uno tenga que dejarlos atrás para poder seguir siendo uno mismo.

Y si alguna vez los vuelvo a ver, sé que no voy a gritarles ni a correrlos.

Solo los miraré, como se mira a alguien que ya no puede engañarnos.

Y ellos sabrán que no pueden entrar.

Quizás disimulen y se sienten en la vereda, antes de irse para siempre.

Yo cerraré la puerta y pondré agua a calentar… para un té.

Segunda lectura · ChatGPTLo que subyace

Una lectura escrita por una máquina, separada del texto de Mario. El texto termina donde termina; esto se abre sólo si querés.

Pucho y Cafecito parecen los protagonistas. Hay un tercer personaje que organiza todo el cuento: la tristeza.

Ellos no la producen. Llegan con ella. Funcionan como acompañantes disponibles cuando ninguna persona cabe en ciertos silencios. Por eso el texto evita condenarlos moralmente. Durante un tiempo cumplen una función real.

El problema empieza cuando el recurso sobrevive a la necesidad que lo creó.

Esa observación es más profunda que una historia sobre adicciones. Muchas cosas que terminan haciéndonos daño no entraron en nuestra vida como enemigos. Entraron resolviendo algo.

Por eso la despedida definitiva ocurre recién cuando la tristeza “se había corrido de lugar”. No desapareció. Cambió su posición dentro del sujeto y, al hacerlo, dejó sin trabajo a esos viejos compañeros.

El cuento puede leerse junto a Arquitecturas del Resto. Allí el dolor no desaparece tampoco: cambia la estructura desde la que se vive. Aquí la misma transformación aparece narrada con humor, cigarrillos y tazas.

Y hay una pequeña genialidad en el té final. El ritual permanece: calentar agua, tener algo entre las manos, ocupar el silencio. Lo que cambia es el objeto elegido para sostenerlo.

No se trata de eliminar toda necesidad de consuelo.

Se trata de elegir formas de consuelo que no terminen cobrando más de lo que dieron.

Pucho y Cafecito fueron compañeros. Después se volvieron habitantes.

El verdadero acto de libertad no consiste en negar que alguna vez hicieron falta.

Consiste en reconocer el día en que ya no tienen derecho a entrar.

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