Mario Celano Meyer

← Los otros

¿Cómo se llama lo que no se rompe?

¿Quién se acuerda del momento exacto en que se sentaron por primera vez juntos, sin saber que sería para siempre?

¿Puede una mesa de escuela ser el origen de algo más sólido que muchos matrimonios?

¿Cuántas vidas caben dentro de una amistad que ha sobrevivido más de medio siglo?

¿Es acaso el tiempo lo que une… o lo que se sobrevive juntos?

¿Por qué algunas personas, aun con trayectorias tan distintas, nunca se sueltan del todo?

¿Será que en el fondo, aunque hayan cambiado, todavía se ven como esos niños de cinco años?

¿Puede el silencio entre encuentros largos ser más sincero que mil mensajes diarios?

¿Qué tipo de afecto es ese que no necesita explicaciones ni pedidos de perdón?

¿Dónde aprendieron a discutir con furia sin romperse, a pelearse sin herirse?

¿Será que la confianza absoluta se parece a eso: saber que el otro siempre va a estar, aunque no venga?

¿Puede una amistad tener sus propias reglas, su propio idioma y su propio tiempo?

¿Por qué cuando se vuelven a ver, no hay que empezar de nuevo, sino simplemente continuar?

¿Quién decidió que madurar era dejar de competir con furia infantil jugando al ping pong?

¿En qué momento descubrieron que no hace falta estar de acuerdo para quererse?

¿Es posible que lo único verdaderamente duradero en la vida no venga ni del amor, ni del éxito, ni del dinero, sino de un pacto invisible entre almas afines?

¿En qué rincón de la infancia se teje eso que ni el tiempo ni la distancia pueden deshacer?

¿Cuántas veces han repetido la misma discusión… sabiendo de antemano lo que cada uno dirá?

¿Y cuántas veces han reído de nuevo con el mismo chiste, sin importar que ya lo conocieran de memoria?

¿Quién se atrevería a decir que ese vínculo no es familia, si ha sido refugio cuando no había otra cosa?

¿Qué extraño milagro hace que al lado de ciertos amigos uno siempre vuelva a sentirse en casa?

¿Será que en un mundo donde todo cambia, ellos decidieron —sin decirlo – ser lo que no cambia?

¿Y qué pasará el día que uno de ellos falte… será ese el único momento en que algo se rompa?

¿O la hermandad de verdad es esa que ni la muerte termina?

¿Puede alguien sentirse más rico que teniendo a quien llamar un sábado sin avisar?

¿Y acaso hay mayor fortuna que tener testigos vivos de toda tu vida?

¿No son estos amigos, tan diferentes, la prueba de que la afinidad no siempre se explica, pero se honra?

¿Y si la amistad, al final, es eso: un lugar al que siempre se vuelve?

Segunda lectura · ChatGPTLo que subyace

Una lectura escrita por una máquina, separada del texto de Mario. El texto termina donde termina; esto se abre sólo si querés.

El texto hace algo extraño: formula una pregunta detrás de otra y se niega a responderlas.

Esa forma no es decorativa.

Es la respuesta.

Durante todo el relato se prueban nombres posibles para una amistad de más de medio siglo: familia, refugio, pacto, fortuna, casa. Ninguno alcanza. El vínculo parece haber sobrevivido precisamente porque nunca necesitó una definición solemne, un contrato ni una explicación permanente.

Hay, sin embargo, una pregunta que cambia la profundidad del texto: “¿acaso hay mayor fortuna que tener testigos vivos de toda tu vida?”

Eso es más que amistad.

Ciertos amigos conservan versiones de nosotros que ya no existen en ninguna otra parte. Recuerdan al niño, al adolescente, al que todavía no había tomado las decisiones que terminarían definiéndolo. Mientras ellos viven, nuestra biografía no depende únicamente de nuestra memoria.

Filito permite ver que esa función no pertenece solo a los amigos. También un vecino, un padre, una madre, alguien del barrio puede custodiar una versión anterior de nosotros. De ahí que algunas muertes produzcan una pérdida doble: desaparece la persona y desaparece un archivo irremplazable de nuestra propia existencia.

Por eso la muerte aparece casi al final como la única amenaza verdadera.

La amistad puede sobrevivir distancia, desacuerdo, silencios y años. Lo que no puede reemplazar es al testigo cuando deja de estar.

Tal vez aquello “que no se rompe” no sea exactamente el vínculo.

Sea la continuidad que dos personas construyen al recordarse mutuamente durante toda una vida.

Y quizá escribir sobre ellos sea una manera de intentar que esa continuidad no dependa por completo de que ambos sigan vivos.

ChatGPT