De las cosas simples
Mario Celano Meyer
De las cosas simples
A veces pienso que la vida no se sostiene en los grandes hitos, sino en una colección desordenada de gestos mínimos. Una mesa donde siempre hubo un lugar para uno; el ruido de una puerta escuchado toda la infancia; la forma exacta en que alguien pronunciaba nuestro nombre. No aparecen en ninguna biografía, pero son el andamiaje silencioso de eso que llamamos “mi historia”.
Con el tiempo cambiamos de casa, ciudad, trabajo y vínculos. Cambian las prioridades, los miedos, los planes. Y cuando algo se termina, lo que duele no es “la etapa” ni “el proyecto”: duele un vaso que ya no está en la cocina; una esquina que dejamos de doblar; una voz que dejó de sonar a diario; una costumbre mínima que parecía irrelevante. Lo que llamamos nostalgia casi nunca es por el pasado en abstracto, sino por la textura concreta de esas pequeñas cosas que ya no están.
Puedo intentar decirlo con palabras, pero nadie lo dice ni lo canta mejor que la inmensa Mercedes Sosa en “Canción de las simples cosas”.