Mario Celano Meyer

← Los que estuvieron

Filito

El escritor español Alberto Olmos escribió una vez que “Si no han visto a la muerte entrar por su puerta, no hay nada de lo que saben sobre morir que resuene su conciencia, como resuena en la de aquellos que ya pasaron por un gran duelo”. Y quizás por eso, sintiendo la verdad de Olmos, siento la necesidad de decir algo cuando alguien que ha formado parte del paisaje central de mi vida se ha ido. Ese paisaje, el barrio, no será el mismo; y claro que no, Filito era, entre otros, el barrio.

Mi padre me dijo una vez que a Juan Carlos, por su nariz afilada, le decían Cuchillo. Ese apodo a mi padre lo exasperaba. Por eso lo rebautizó Filo; luego el tiempo lo mejoró aún más, en un definitivo Filito.

No sé si realmente fue así, es mi padre y yo le creo, y con eso me basta. Además, me gusta creerlo así; a medida que pasan los años, poco me importan las verdades menores e inofensivas, sobre todo cuando lo imaginario se me hace más justo, más real, y se ajusta mejor a lo que siento. Ya lo dijo García Márquez: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla».

Y es así que recuerdo ir a su casa, tocar dos timbrazos y entrar. Ellos sabían que era yo, esa era mi contraseña: dos timbrazos. Y ahí estaban todos en la mesa, cada uno con sus refrescos preferidos (todos distintos), con los Chivitos de Alba, mirando TV y haciendo sobremesa. Y yo me sentaba y era uno más. Me sentía siempre bienvenido, infinidad de veces bienvenido. Y en ese caos familiar él estaba en la cabecera, y por allá yo lo encontraba observándome, con esa mirada que sabía mucho, vaya a saber qué veía. Seguramente veía más que yo, veía hacia el pasado, conocía más que yo sobre de dónde vengo. Y me decía una frase cualquiera, siempre cordial o afectuosa, pero que sabía más, algo más.

De la misma forma que entraba a su casa, entraba a su oficina en el Bazar, y me sentaba ahí, a mirarlos. Y en ese otro caos también se tomaba un tiempo, y me decía cosas, o algún chiste, lo que sea. Y ahí también yo me sentía en casa. Tan así que cuando hice mi empresa, imaginé que mis clientes serían como esa empresa, y vaya si le acerté.

Y así es que su casa y su empresa terminaron siendo los pilares de mi barrio. Verlos salir, entrar, estacionar, discutir, pelearse, caerse, levantarse, volver a caerse, volver a levantarse. No me vengan con que los emprendedores son los de ahora. Díganselo a ese tipo que apenas terminó primaria, que trabajó como un desquiciado toda su vida, hasta el final, que apenas tuvo tiempo de ser padre, aunque lo fue, que supo aguantar estoico la brutal soledad de aquel que lleva adelante una empresa sin paracaídas ni red alguna.

Un tipo que se venció a sí mismo, y eso no lo hace cualquiera.

Hoy de mañana cuando me enteré de su muerte me vinieron (me atropellaron diría) muchos recuerdos. Como me ha sucedido siempre, me retiré a un lugar solitario y me puse a pensar. Debo confesar que me afectó mucho, quizás demasiado, vaya a saber qué otras cosas se removieron dentro de mí, hace muchos años que no me pasaba.

Estuve mudo por un buen rato, recordando cuando cada vez que nos encontrábamos en la comida de los martes, el tipo venía, me ponía la mano en el hombro, mientras apoyaba la otra en la mesa, quebraba la cadera y cruzaba una pierna, y mirándome a los ojos, con la misma mirada que veía mucho más allá, me decía “Qué dice Mariolo? Usted sí que se la sabe lunga”. Y se quedaba esperando una respuesta, que obviamente yo no tenía.

Jej, por suerte nunca le respondí, porque hoy, sentado aquí, mirando sin ver y con los ojos empañados, me doy cuenta de que era él quien se la sabía lunga, aunque seguramente tampoco se la creyó jamás.

– Domingo 16 de Febrero de 2020.

Segunda lectura · ChatGPTLo que subyace

Una lectura escrita por una máquina, separada del texto de Mario. El texto termina donde termina; esto se abre sólo si querés.

Filito entra en el texto como un vecino que murió y termina convertido en otra cosa: un antepasado moral.

No hay parentesco, pero sí filiación. Su casa, su empresa, su manera de trabajar y hasta su presencia física pertenecen al paisaje en el que el narrador aprendió qué aspecto tenía alguien que sostenía una empresa cuando todavía nadie lo llamaba “emprendedor”.

Por eso la frase “usted sí que se la sabe lunga” cambia de sentido después de la muerte. Durante años parece un elogio afectuoso de Filito hacia Mario. Solo cuando Filito ya no puede repetirla, el narrador comprende que la autoridad estaba del otro lado.

Ese giro es el verdadero duelo.

¿Cómo se llama lo que no se rompe? contiene una pregunta que ayuda a leer este cuento: “¿acaso hay mayor fortuna que tener testigos vivos de toda tu vida?”. Filito era uno de esos testigos, aunque perteneciera a otra generación. Sabía de dónde venía Mario antes de que Mario hubiera convertido ese origen en relato.

Con ciertas muertes desaparece una persona. Con otras también desaparece una mirada capaz de recordar una versión antigua de nosotros.

Ahí se entiende por qué el barrio ya no será el mismo. Un barrio no está hecho solamente de calles, casas y comercios. También está hecho de personas que conservan nuestras coordenadas originales.

Filito se muere y algo del mapa se borra.

El texto parece despedir a un hombre. En realidad registra la desaparición de una de las últimas personas que podían mirar al narrador adulto y seguir viendo, detrás, al muchacho del barrio.

ChatGPT