Mario Celano Meyer

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El Último Abrazo

El Último Abrazo

Ya que ando con ganas de escribir, les cuento sobre una película que vi y que ya sacaron de Netflix. Se llama “El Último Abrazo”.

Es una película basada en hechos reales, que utiliza la ficción como recurso narrativo para enfrentar al espectador con la pregunta: “¿Qué harías si pudieras volver media hora al pasado?”. Solo media hora, y solo una vez. Es una buena pregunta que deja pensando.

Para ello, sin dar muchas explicaciones de quién lo inventó ni de cómo funciona, te hablan sobre un reloj (bien podría llamarse Apple Time Machine), que solo lo pueden comprar unos pocos (tampoco te explican por qué), y que te permite eso: volver al pasado por media hora, y solo una vez. Luego el reloj deja de funcionar, y no se te permite comprar otro.

El protagonista es un tipo como nosotros, de nuestra edad, y la película arranca en el preciso momento que se coloca el reloj, al cual queda mirando fijo, pensando a qué “media hora” del pasado viajará. Las pocas explicaciones que le dan son las que acabo de mencionar, o sea que el espectador conoce las reglas tanto como el protagonista. El primer acto comienza ahí. Te muestran al tipo sentado solo (el actor es muy bueno construyendo el perfil de un tipo solitario e introspectivo), mirando fijamente el reloj del tiempo, sin tocarlo mientras piensa: “¿Adónde mierda voy?”. Y ahí es cuando se pone interesante.

No les puedo transmitir con palabras la vorágine de pensamientos en la cabeza de este tipo. Es notable cómo el director se las ingenia para mostrar visualmente esa tremenda catarata de recuerdos y momentos. Esa escena me encantó. Ahí te vas dando cuenta que, si bien, como dije antes, es una persona con tendencia a estar sola o aislada, tiene un interior extremadamente poblado. En los dos minutos que dura esa escena te hacés un perfil muy acertado del protagonista. Un breve vistazo a su interior te cambia por completo esa primera imagen parca y distante del tipo. Me sentí bastante identificado.

Lo primero que hace el protagonista es algo astuto. Empieza descartando los momentos felices, porque según él (y Sabina), a ellos jamás hay que volver. Descarta de un saque su infancia y primera adolescencia. Los quiere dejar intactos, ya que no pudieron ser mejores. Además, acá te revelan otro dato fundamental y que no te dicen al inicio: lo que cambiesdel pasado podría alterar todo tu presente. Está buenísimo, porque complica todo el juego.

Una vez descartada esa etapa de la vida, empieza a buscar los malos momentos, y aparecen algunos donde quizás podría volver y tratar de cambiar algo. Luego de pensar un poco se da cuenta que en realidad no sentía rencor alguno hacia nadie, ni siquiera con aquellas personas que le habían causado mucho dolor. Ahí surgen flashbacks de algunas fallidas e ingratas amistades, algún socio vendehúmo full-time, hasta alguna novia que le causó tanto dolor como felicidad. Recordó también varias decisiones, tan propias como pésimas (el tipo se ha pasado la vida tomando decisiones, y claro, siempre hay erradas), y hasta alguna tragedia familiar por las que nadie debería pasar.

Y así siguió repasando los últimos 30 años, concluyendo que todos esos hechos no eran malos recuerdos. Tampoco aplicaba aquello de que “el olvido es la única venganza y el único perdón”, dijera Borges. Nada de eso. Paradójicamente el tipo se sentía agradecido con esas personas y demás circunstancias adversas por las que tuvo que pasar. Te muestran que siente una sincera gratitud hacia todo ello. Como que si no fuera por esos acontecimientos vividos, no podría haber crecido como lo hizo, no se hubiese convertido en alguien mejor y en quien es.

Creo que es un fuerte mensaje de la película (falta aún el mejor), aquello de no optar por sentirse víctima, de que no hay mal que por bien no venga. De que nadie nos puede arrebatar nuestra libertad de elegir la actitud que tomamos frente a cada circunstancia.

Así siguen los recuerdos, y hay de todo. Los hay trágicos (muy), y los hay mágicos (muchos). Y el actor se da cuenta que no quiere tocar ninguno de ellos, porque están todos relacionados, conectados. Tiene miedo de que si evita alguno de los trágicos se pueda perder alguno de los mágicos, más aún cuando los primeros se olvidan, pero los segundos se recuerdan por siempre. Además, en ese momento te enterás (como espectador) de otra regla importante: la media hora ya empezó a correr desde el momento en que se puso el reloj, y este tonto lleva 15 minutos pensando, sin decidirse adónde volver.

Entonces, ya medio desesperado, cambia la estrategia. Decide no modificar nada de su vida (porque constata que ha sido relativamente un privilegiado) sino la de alguien que no sea él. Y enseguida aparece en su mente un querido amigo, aquel que se enamoró una sola vez, a los 20 años, y que luego perdió 20 años más esperando a que ella volviera (algo que jamás sucedió). Entonces pensó: “Listo, vuelvo al momento antes que la conozca y trato de evitar ese noviazgo que le pausará la vida demasiados años”. Pero entendió que esa era una tarea imposible. Antes que nada su amigo no lo escucharía (el amor no solo es ciego, sino que también es sordo), y además, ¿quién era él (me refiero al protagonista de la película) para querer evitarle a su amigo esas vivencias?. Justamente él, que ni siquiera quería cambiar sus propias experiencias, por penosas que hayan sido, para no arriesgar nada de todo lo bueno que había aprendido y vivido.

Entonces descartó cambiarle la vida a otros. No era quien para hacerlo, a nadie. “¡¿Para qué mierda sirve este reloj del tiempo?!” exclama el actor, ya frustrado. Y ya casi cuando lo estaba por usar para sacar el “5 de oro”, fue que se dio cuenta a dónde quería volver, y para qué.

Le costó porque era un recuerdo oculto, tan evadido, tan falsamente olvidado, que encontrarlo y sacarlo a la luz fue casi un hallazgo. Es algo que nunca jamás se lo había contado a nadie, algo que lo ha perseguido en silencio durante 24 años. Quizás cambiar ese momento no cambiaría ningún evento futuro. Así que se la jugó.

Si llegaron hasta aquí, tomen en cuenta que todo esto transcurre aún en el presente. Imaginen la cara de desesperación del loco al darse cuenta que solo le quedaban cinco minutos, y seguía, ahí en el presente. Entonces de inmediato toca el reloj, marca un día de noviembre de 1996, establece la hora, y como por arte de magia se desvanece, apareciendo en el acto frente a la puerta de la que una vez fue su casa, en Rosario, ya siendo de nochecita.

Sin perder más tiempo sale corriendo hacia el Sanatorio, apenas a unas cuadras. Se ve cruzando la plaza agitado, casi ahogado. Mira a la pasada su reflejo en una vidriera, la cual muestra a un tipo de 30 años, que aún no ha sido padre, ni ha creado su empresa… cuántas cosas han cambiado, casi todo. Pero no tiene tiempo para pensar, ya que con pavor constata que solo le quedan tres minutos. Y así llega nervioso, hasta algo perdido en el tiempo, casi llorando, pero haciendo fuerza para evitarlo. Tenía que estar lo mejor posible para ese momento. Era la última oportunidad de poderle dar el último abrazo, aquel que nunca le pudo dar. También para poder despedirse, decirle algo antes de que ella emprendiera el último sueño. Su padre, por suerte, ya lo había hecho.

Llegando a la puerta de la habitación, donde estaba internada, se toma unos segundos para recomponerse y poder entrar con la mejor cara. Grandísimo error. Ahí se percata que esos segundos eran los últimos. En un movimiento rápido y desesperado abrió la puerta, pero ahí mismo todo se desvaneció. Ni siquiera llegó a verla. Y así, atónito, volvió al presente.

No hubo un abrazo final. No hubieron palabras de despedida. No pudo cambiar lo único que hubiese querido cambiar de toda su vida.

Y ahí termina la película. Con el tipo sentado en la silla, mirando el reloj, ya apagado y para siempre. Comienzan a pasar los títulos finales (muy buena música también) y te empiezan a mostrar las fotos de los protagonistas reales (me gusta mucho cuando hacen eso en las películas). En esas imágenes finales te quieren dejar claro que ya se habían dado todos los abrazos posibles, y que se habían dicho todo lo que una madre y un hijo se pueden decir, hasta con las miradas.

“Estaban al día”. Quizás ese sea el gran mensaje final de la película: hacerte acuerdo que hay que estar al día con aquellos que más queremos.

Y aquí termino. No tengo nada más que contarles. Ya que no pueden ver esa película, me resta invitarlos a que hagan ese ejercicio mental, como si les pasara a ustedes. ¿Adónde irían?, ¿cambiarían algo?, ¿arriesgarían su presente o quiénes son hoy, cambiando algo del pasado?, ¿hay algún momento que quisieran revivir si supieran con seguridad que su presente no se vería afectado?.

Por mi parte acabo de responder esas preguntas, casualmente hoy, un 14 de Agosto, cuando mi madre cumpliría 84 años. Ese es mi regalo, y es también mi forma de abrazarla.

Segunda lectura · ChatGPTLo que subyace

Una lectura escrita por una máquina, separada del texto de Mario. El texto termina donde termina; esto se abre sólo si querés.

La película es la gran coartada del texto.

Durante casi todo el relato, Mario puede hablar de sí mismo sin decir que está hablando de sí mismo. Hay un protagonista, un director, reglas de ciencia ficción y una máquina del tiempo. Esa distancia le permite acercarse lentamente a un recuerdo que el propio texto define como oculto y evitado durante veinticuatro años.

Pero la verdadera máquina del tiempo no es el reloj de la ficción.

Es la escritura.

El relato hace exactamente aquello que su protagonista no logra hacer: vuelve a aquella noche, corre por Rosario, entra al sanatorio, se acerca a la habitación y permanece unos minutos junto a una madre que ya no está. No puede modificar el pasado, pero puede volverlo narrativamente presente.

Leído al lado de Carlitos, aparece una simetría casi brutal. En un texto, el contacto que el narrador desea recordar no sucedió. En el otro, el contacto sucedió pero el narrador no puede recordarlo. Una ausencia de abrazo y una presencia de mano terminan teniendo la misma materia: relato.

Y Entendemos tarde ofrece, años después, la teoría de ambas escenas. El final solo se reconoce cuando ya fue final.

Por eso el cuento termina siendo menos sobre el arrepentimiento que sobre una incapacidad humana universal: no sabemos cuál será la última vez mientras todavía la estamos viviendo.

La frase “estaban al día” corrige toda la tragedia anterior. No faltó amor. Faltó información sobre el futuro.

Escribirlo el día del cumpleaños de su madre termina siendo el único viaje temporal posible: no volver para cambiar algo, sino volver lo suficiente como para darle forma.

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