Mario Celano Meyer

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El trabajo como propósito

En Uruguay nadie necesita explicar que el trabajo es algo a aguantar. Se sabe. Se hereda. Que la vida de verdad está afuera del trabajo. La palabra “trabajo” ya viene cargada con ese fastidio.

Se nota en cosas chiquitas. En quien cuenta los feriados con precisión de cirujano. En quien ya tiene marcado el calendario de vacaciones desde febrero. En el “¡pah, tengo que ir a trabajar!” dicho con resignación y sin ninguna gracia.

Esas frases no salen de la nada. Se forman en las conversaciones de cada casa, de padres a hijos, generación tras generación. Ahí el trabajo casi nunca aparece como algo que da alegría o sentido. Aparece como una obligación que hay que bancarse.

Benedetti lo vio clarito hace décadas. En 1960 escribió que Uruguay es “la única oficina del mundo que ha alcanzado la categoría de república”. No era un chiste, era un diagnóstico.

Existe otra forma de trabajar, claro. La de quien se pasa 12 o 14 horas metido en lo suyo y ni las cuenta. No porque no tenga vida, sino porque lo que hace le importa. Porque ahí encuentra vínculo, utilidad, un lugar en el mundo. El trabajo no como lo opuesto al tiempo libre, sino como parte de la vida misma.

Cuando el trabajo no significa nada, la gente termina dedicando ocho horas por día de su vida a odiar lo que hace. Sin propósito, sin realización, sin nada que valga la pena. Y una sociedad construida sobre esa base termina criando hijos que aprenden que lo normal es pasar la mitad de su existencia haciendo algo que detestan.

Segunda lectura · ChatGPTLo que subyace

Una lectura escrita por una máquina, separada del texto de Mario. El texto termina donde termina; esto se abre sólo si querés.

El texto discute una cultura que considera al trabajo una condena. Debajo de esa discusión hay algo mucho más personal: una defensa del modo en que una vida puede haber sido vivida.

Si se acepta sin matices que “la vida verdadera” empieza cuando termina el horario laboral, entonces toda persona que haya dedicado una parte enorme de sus días a trabajar queda enfrentada a una conclusión incómoda: habría sacrificado una porción sustancial de su existencia.

El texto se niega a llevar esa contabilidad.

No afirma simplemente que trabajar mucho sea bueno. Afirma algo más preciso: una actividad puede contener creación, vínculo, utilidad, aprendizaje y sentido. En esos casos, las horas de trabajo no deben restarse automáticamente de la vida porque también son vida.

Leído junto a Leer, escribir, emprender, Yo no me enamoro y El Inicio Eterno, aparece una continuidad de trece años. El trabajo nunca fue presentado como un medio externo para financiar la existencia. Fue uno de los territorios donde la existencia adquirió forma.

Eso explica la intensidad de la crítica. No está en juego solamente una teoría sobre productividad o sobre Uruguay.

Está en juego la definición de qué cuenta como tiempo vivido.

Pero el propio título establece una condición exigente: propósito.

Sin él, la defensa se derrumba. Trabajar muchas horas no adquiere dignidad por acumulación. Lo que puede convertir ese tiempo en vida es la relación entre la persona y aquello que construye.

Quizá por eso este texto también pertenece al gran tema temporal del libro.

Mirar décadas de trabajo y decidir si fueron vida entregada o vida perdida depende, en buena medida, de la respuesta a una pregunta íntima:

¿ahí estaba uno?

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