Del disco al algoritmo
Nací en la década de los 60. A mí, como a todos, me formó la música que uno escucha en esa etapa mágica entre los 15 y los 25. Por eso vuelvo a fines de los 70 y a todos los 80. No por nostalgia, sino por una diferencia concreta: esa música tenía permiso para demorarse, para dejarse construir, para respirar y permitirme volar.
Y cuando digo “volar” hablo de una relación con la música: una forma de escuchar, donde la obra tiene tiempo interno y el oyente tiene tiempo para habitarla. Lo que extraño es esa paciencia compartida entre el que compone y el que escucha.
Pink Floyd es el ejemplo más brutal. Te puede tener un rato largo armando todo un clima, y ya estás volando alto cuando recién entra la voz. Y nadie se ponía ansioso. Hay desarrollo, hay arquitectura de tiempo. Shine On You Crazy Diamond es casi una declaración: minutos de introducción, sin apuro, como si confiaran en que vos te vas a quedar. Dire Straits hace otra cosa: te demuestra que no hace falta gritar para ser intenso. Ese sonido limpio, virtuoso, una guitarra hablando, literalmente. Elton John y los grandes cantautores de esa era eran una fábrica de canciones buenas en el peor de los casos, o himnos generacionales en el mejor. Melodía, oficio, narrativa. Ya Michael Jackson está en otra liga, te diría que casi otra industria. Pop perfecto con un estándar casi imposible. Queen podía tirar una cosa como Bohemian Rhapsody y convertir un tema popular en una mini obra inigualable, creyendo en su público, asumiendo que la audiencia puede seguir una pieza con secciones, cambios y riesgo creativo.
Con ese contraste en la cabeza, la explicación fácil sería: “antes había criterio musical y ahora no”. Esa frase suena a sentencia, y encima confunde el problema. La explicación real es más simple: cambió el sistema que decide qué se produce, cómo se produce y qué se impone.
No lo digo como erudito. Lo digo como alguien que escucha con pasión y, sin darse cuenta, observa patrones. Y también me crucé con gente que mide estas cosas con números. No es magia: agarran catálogos enormes, comparan décadas y aparecen tendencias que coinciden con lo que el oído siente aunque no sepa ponerlo en palabras. Por ejemplo: el volumen promedio sube y el “color” sonoro se va pareciendo. A veces lo explican con tecnicismos tipo “pitch, timbre y loudness”. Yo no necesito dominar cada término: me alcanza con reconocer el patrón.
Con las letras pasa algo parecido. También hay análisis exhaustivos que muestran que, en promedio, las letras se volvieron más simples y más repetitivas, con escasez y pobreza de palabras, y sobre todo más “personales” en el yo. Menos metáfora, menos vuelta, más literalidad. No digo que no existan excepciones. Digo que el carril principal tiende a lo fácil de consumir, y lo fácil de consumir suele ser lo más reemplazable.
Y en todo esto la palabra clave es, obviamente, negocio. Hoy el incentivo no está en hacer un disco que te acompañe una hora con (casi) todas las canciones buenas. Está en capturar tu atención de forma rápida… y repetir.
Un botón de muestra explica muchas decisiones creativas: en Spotify un stream cuenta cuando el tema se reproduce al menos 30 segundos. Entonces, si el valor se mide así, el sistema empuja a que “pase algo” antes de ese umbral. Menos intro, gancho temprano, menos tiempo para construir una idea y un clima en el alma de quien escucha. Porque ha cambiado el contexto de escucha: todos nos distraemos más fácil, es la guerra por la atención, y las redes sociales la entendieron mejor que nadie. El problema no es que la gente “no pueda”, es que el entorno te entrena a no quedarte.
Ahora, mi hipótesis casera: a las discográficas les conviene menos depender de monstruos del talento que exigen condiciones (léase la parte del león), y más armar un producto controlable. Si el artista es una máquina brillante e impredecible, el tipo negocia con ventaja. Si lo que tenés es una cara bonita, una coreografía y un equipo detrás que escribe, produce, corrige y empaqueta, el margen es más dócil. Y el reemplazo es fácil. Ahí se prostituye la calidad, porque la calidad deja de ser condición y pasa a ser un extra.
Antes, cuando tenías tipos con obra, con canciones, con autoría, con escenarios, con peso real, era más difícil tratarlos como descartables. Hoy, si el producto está diseñado para “andar” igual con otro, el artista se vuelve un envase. Y el envase, por definición, es reemplazable. Y cuando lo reemplazable manda, lo único que crece es la uniformidad. Eso es una ley general, no solo musical.
Encima se suma el modelo de realities y la cultura de la exposición. A todos nos emociona ver talento desfilar por los Got Talent. Pero también es una fábrica de gente dispuesta a regalar mucho por un poco de visibilidad. Muchos sienten que ya están pagos con el aplauso y el reconocimiento. Y si les dan algo de dinero, mejor. Sus 15 minutos de fama son mejores que cero minutos de nada. Eso, para una industria, es el paraíso: abundancia, rotación, costo bajo, control alto.
Y para empeorar la cosa, entra la tecnología como acelerador. El autotune puede ser una herramienta expresiva, nadie lo discute. El “sonido autotune” como efecto se volvió masivo desde Believe de Cher, y desde ahí se naturalizó como idioma del pop. El problema no es el autotune en sí. El problema es cuando se convierte en muleta permanente. Cuando ya ni importa cantar, porque “se arregla”. Cuando hasta yo puedo sonar bien con el plugin correcto. Y cuando la interpretación deja de ser condición, la emoción pasa a ser opcional.
Por eso hoy tenés cosas que no es que estén “mal”, pero están pensadas como producto de atención: inmediatas, repetibles, desechables y olvidables. Es el McDonald’s musical, diseñado para ser estándar, rápido y rentable.
La música buena no desapareció. Sería absurdo decir eso. Lo que cambió es que ya no es el mainstream, no es lo que se escucha por default. Hay que salir a buscarla por otros caminos, en otros rincones. Si te quedás quieto escuchando lo que los medios ofrecen, te acostumbrás a una dieta insípida, poco saludable y totalmente olvidable. Y pasa que después, cuando escuchás algo que se toma su tiempo, te parece “largo” aunque sea normal. No porque te falte gusto, sino porque te entrenaron a otra cosa. No te roban el oído: te lo domestican por repetición.
No estoy pegándole a los jóvenes. Esto es contra la época. Contra el modo en que vivimos: la atención picada en pedazos, la experiencia estandarizada, la obra reemplazada por el estímulo. Y a mí eso es lo único que me preocupa: la pérdida de paciencia para el desarrollo. Y no incide sólo en la música. Incide en cualquier camino que tenga que ser largo para valer la pena.
La música que me formó tenía tiempo interno. Hoy es más difícil volar. Aquella fórmula que Charly García definía como la suma de melodía, armonía y ritmo, hoy muchas veces queda reducida solo al ritmo. De la letra ya ni hablemos. Y no es un problema “musical”: es el mismo acortamiento del tiempo que después se pega y se paga en todo lo demás.
Y hay un indicio que me llama la atención: muchos jóvenes de apenas 20 escuchan música de hace 40 o 50 años. Nosotros en los 80 no escuchábamos la música de los 30 o 40. Algo dice. El buen gusto, o por lo menos el hambre de algo con alma, existe. Pero tienen que ir a buscarlo más lejos. Ya no está en el centro, en el mainstream.
Cada época tiene su banda sonora. Pero no toda banda sonora se vuelve memoria. Y ahí está mi duda: si la música de hoy, la que más suena, va a seguir abriendo esa puerta y devolverte a un lugar exacto de tu vida, a un momento, a un sentimiento. O si está dando estímulos que funcionan en el momento y mueren con el scroll.