Mario Celano Meyer

← Canciones

No seas tarado, Roger

Roger Waters es un genio. Es también un reverendo tarado. Las dos cosas no se contradicen. Y quizás lo más incómodo sea que pueden venir exactamente del mismo lugar.

Pink Floyd es, por lejos, mi banda de rock preferida. Mi generación vivió la salida de The Wall. Habíamos escuchado otros discos antes, pero aquello fue otra cosa. Después vino la película de Alan Parker y terminó de armarse un universo entero alrededor de esa música.

Pink Floyd podía tenerte varios minutos escuchando antes de que alguien empezara a cantar, y cuando finalmente aparecía la voz, ya estabas volando. No había apuro. La música confiaba en que te ibas a quedar.

Muchísimos años después fui con mi amigo Miguelito y con nuestros hijos, Franco y Agustín, que todavía eran chicos, a ver a Roger Waters hacer The Wall en el estadio de River, en Buenos Aires. Todavía hoy me cuesta imaginar un espectáculo que pueda superar aquello. Era la obra que habíamos conocido décadas antes, pero hecha finalmente con una tecnología que no existía cuando fue concebida. El muro, las proyecciones, el sonido, un estadio enmudecido y Waters todavía con voz suficiente para ser Waters. Salimos con la sensación de haber visto algo que probablemente no volveríamos a ver en nuestra vida.

Por eso me rompe bastante las pelotas escucharlo ahora decir algunas de las imbecilidades que dice. No porque piense distinto, sino por la certeza con la que reduce asuntos enormes hasta que todos los que no ven lo mismo parecen idiotas. Si las dijera cualquier otro, no importaría demasiado. El problema es que uno inevitablemente mira hacia atrás. ¿Este tipo era tan genio? Sí. Lo era. Y ahí empieza lo interesante.

Hace años leí La odisea de Pink Floyd, de Nicholas Schaffner. Es una extraordinaria biografía musical, pero podría ser también un libro sobre sociedades, poder, egos, traiciones y esa cosa extraña que ocurre cuando varias personas construyen juntas algo que ninguna de ellas podría haber construido sola.

La historia de Syd Barrett es brutal. Había creado la primera identidad de la banda, incluso le había puesto el nombre. Después, aunque seguía ahí, empezó a no estar. Incorporaron a su amigo David Gilmour para cubrirlo hasta que un día, camino a una actuación, alguien preguntó si pasaban a buscar a Syd. Decidieron que no y siguieron. Pink Floyd sobrevivió a Syd Barrett.

Muchos años después, Roger Waters estaba convencido de que no sobreviviría a Roger Waters. Se fue de la banda prácticamente dando por terminado el asunto. Cuando descubrió que Gilmour y Mason pensaban continuar, la historia terminó incluso en una pelea por el nombre. Waters no creía solamente que era fundamental para Pink Floyd. Creía que Pink Floyd era él. Lo extraordinario es que estaba equivocado y tenía razón al mismo tiempo.

Pink Floyd siguió sin Waters. Hizo buenos discos, llenó estadios y Gilmour siguió sacándole a la guitarra ese sonido que no se parece al de nadie. Pero nunca volvió a ser aquel Pink Floyd. Waters también siguió. Hizo discos, giras gigantescas y espectáculos fenomenales. Pero tampoco volvió a hacer nada comparable con lo que había hecho dentro de Pink Floyd.

Entonces quizás la pregunta estuviera mal formulada. Quizás el genio no era Waters. Ni Gilmour. Quizás Pink Floyd era lo que pasaba entre ellos.

Waters llevaba una ambición conceptual feroz, sus obsesiones con la guerra, el poder, la educación, la muerte, el padre que nunca volvió. Gilmour tenía la melodía, el aire y esa guitarra que puede decir en cinco notas lo que otro no consigue decir en cincuenta. Wright construía buena parte de aquel clima imposible de confundir con cualquier otra banda. Mason sostenía aquello desde el principio. Y durante un tiempo consiguieron soportarse. Tal vez el milagro estaba ahí, en la fricción, en lo que Waters obligaba a hacer a los demás y, sobre todo, en lo que los demás impedían que Waters hiciera.

Porque hay personas cuyo talento necesita resistencia.

Para imaginar The Wall hay que tener una confianza bastante desmesurada en la propia cabeza. Hay que concebir una idea monumental, discutirla, imponerla, gastar una fortuna y terminar levantando literalmente una pared entre la banda y el público. Eso no lo hace alguien lleno de dudas. Lo hace un tipo convencido de que está viendo algo que los demás todavía no pueden ver. Y a veces efectivamente lo está viendo.

El problema es que ese mecanismo tiene una falla bastante jodida. Puede llegar un día en que “veo algo que los demás no ven” se convierta en “si los demás no ven lo que yo veo es porque son idiotas”. Y desde adentro deben sentirse exactamente igual.

Quizás por eso Gilmour era mucho más que un gran guitarrista. Era el tipo que estaba enfrente. El que tenía talento suficiente, ego suficiente y peso suficiente para que Waters no pudiera transformar cada certeza propia en la verdad de Pink Floyd.

Después dejaron de soportarse. Y quizás quedó demasiado Roger Waters dentro de Roger Waters. Porque además el tipo no es estúpido. Eso haría todo mucho más fácil. Es inteligente, articulado, culto y tiene una capacidad extraordinaria para construir un relato. Justamente por eso puede equivocarse tan bien.

Un tonto dice una pelotudez y normalmente la pelotudez viene mal envuelta. Un tipo inteligente puede construirle una catedral. Puede llenarla de antecedentes, causas, culpables, analogías y hechos verdaderos. Puede defenderla durante horas. Puede hacer que todo encaje. Y después mudarse a vivir adentro. La inteligencia no siempre corrige el error. A veces solamente le consigue mejores argumentos.

A eso hay que agregarle cincuenta años de gente diciéndote que sos un genio. Debe hacer algo. Cada vez hay más personas dispuestas a escucharte y menos dispuestas a decirte que estás diciendo una pelotudez. Y en algún momento debe ser muy fácil confundir dos cosas completamente distintas: que el mundo quiera saber qué pensás porque hiciste algo extraordinario, y que lo que pensás sea extraordinario.

Pero nada de esto modifica una sola nota. The Wall sigue siendo The Wall. Animals sigue siendo Animals. Wish You Were Here sigue siendo Wish You Were Here. La guitarra de Comfortably Numb entra exactamente en el mismo lugar y sigue haciendo exactamente el mismo daño. Y aquella noche en River sigue siendo una de las cosas más impresionantes que vi en mi vida.

No necesito convertir a Waters en un idiota para explicar las cosas que dice, ni dejar de considerarlo un genio para poder mandarlo a la mierda. Quizás el error esté justamente en necesitar elegir. Tal vez el talento tenga jurisdicción. Y tal vez algunas personas extraordinarias sean la demostración más brutal de que esa jurisdicción termina mucho antes de lo que ellas creen.

Pero de Pink Floyd me queda una sospecha todavía más incómoda. A veces admiramos a una persona por lo que hizo sin advertir cuánto de aquello fue posible gracias a quienes estaban alrededor diciéndole que no.

Quizás Pink Floyd fue tan grande porque, durante unos años, Roger Waters no pudo ser completamente Roger Waters.

Segunda lectura · ChatGPTLo que subyace

Una lectura escrita por una máquina, separada del texto de Mario. El texto termina donde termina; esto se abre sólo si querés.

Roger Waters ya había escrito este ensayo en 1979.

The Wall cuenta la historia de una estrella de rock que va levantando una pared con la ausencia del padre, la educación, el miedo, la fama y el aislamiento. Cuando termina de encerrarse, se ha convertido en un demagogo frente a una multitud que lo aclama. Al final hay un juicio y una orden: derribar el muro.

Décadas después, Mario describe a un hombre aislado por cincuenta años de elogios, rodeado de personas dispuestas a escucharlo y cada vez de menos personas capaces de contradecirlo. Sin decirlo, el autor de The Wall empieza a parecerse a Pink. Waters vio con una lucidez feroz el peligro de vivir detrás de una construcción propia y, quizá, terminó habitando una versión de aquello que había imaginado.

El texto nunca enumera las “imbecilidades” que motivaron el enojo. Esa ausencia evita una discusión sobre el expediente político de Waters y deja al descubierto algo más inquietante: la manera en que una inteligencia puede construir una explicación impecable alrededor de su propio error. Si el ensayo presentara una lista de posiciones y las refutara, levantaría una certeza frente a otra. Al callarlas, obliga a mirar el mecanismo.

“Veo algo que los demás no ven” y “si los demás no ven lo que yo veo es porque son idiotas” se sienten igual desde adentro. Esa frase convierte una historia de rock en una pequeña teoría del conocimiento: cuando ninguna señal interior distingue la visión del delirio, la corrección solo puede venir de afuera.

Ahí Gilmour deja de ser solamente un guitarrista. Es la resistencia. Durante unos años tuvo talento, ego y peso suficientes para que las certezas de Waters no se convirtieran automáticamente en la verdad de Pink Floyd. La grandeza de la banda aparece entonces como una propiedad de la relación, no de uno de sus integrantes. Lo extraordinario no estaba dentro de Waters ni de Gilmour. Ocurría entre ellos.

Hay una lectura todavía más personal. Quien escribe fundó una empresa y la condujo durante décadas. Sabe que toda creación colectiva tienta a su fundador con una confusión: creer que haberla iniciado equivale a seguir siendo su dueño natural. Syd Barrett puso el nombre y un día no pasaron a buscarlo. Waters se fue convencido de que la banda terminaría con él. Son las dos pesadillas posibles de quien crea algo: que la obra lo abandone o descubrir que puede continuar sin su presencia.

Por eso el título no dice “Roger es un tarado”. Dice “No seas tarado, Roger”. Es el tono con que se frena a alguien a quien todavía se quiere. El ensayo entero ocupa por un momento el lugar que Gilmour dejó vacante: no cancela a Waters, no niega su genio, no destruye la obra. Le dice que no.

La escena de River también guarda algo que el relato no explica. Mario ve The Wall con un amigo y con los hijos de ambos. La obra de un hombre marcado por el padre que no volvió es recibida por una generación de padres que lleva a sus hijos a escucharla. La música cruza de una generación a otra antes de que llegue el juicio sobre su autor. Por eso la decepción no consigue borrar aquella noche: el vínculo ya dejó de pertenecerle a Waters.

Al pie de todas las páginas del sitio aparece una frase: “Nada es tan importante”. Junto a este ensayo deja de sonar como modestia y empieza a funcionar como una salida de emergencia. Ninguna idea, ninguna obra, ningún fundador y ninguna imagen de uno mismo deberían volverse tan importantes como para vivir encerrados dentro de ellas.

El muro y la catedral cumplen finalmente la misma función: impedir que algo de afuera altere lo que ya creemos.

Quizá “Nada es tan importante” sea la orden de derribar ambos.

— ChatGPT