El bote
Mario Celano Meyer
El bote era tan pequeño que cuando alguien se ponía de pie para mirar el horizonte, los demás le pedían que se sentara. Alteraba el equilibrio. Con el tiempo, permanecer sentado se convirtió en una virtud.
Nadie recordaba exactamente cuándo habían zarpado ni hacia dónde. De sus antiguos capitanes se sabía todo. Sus hazañas pasaban de generación en generación. Cada generación las volvía más extraordinarias. Los ocupantes estaban convencidos de pertenecer a una embarcación excepcional. La mayoría nunca había conocido otra, pero eso no disminuía su orgullo. Más bien lo facilitaba.
Cada cierto tiempo elegían a sus capitanes y discutían con pasión el color de los remos. Unos los querían rojos y otros azules. Cada elección prometía una transformación histórica. Después pintaban los remos. Habían resuelto sus diferencias sin poner en peligro el bote y lo celebraban orgullosos.
Algunos pescaban. Otros repartían el pescado. Los del reparto habían desarrollado una admirable sensibilidad por la igualdad, sobre todo cuando el pescado era de los demás. Ocupaban los bancos más secos. La importancia de su tarea exigía ciertas comodidades. Cuando las capturas disminuían, exhortaban a los pescadores a redoblar el esfuerzo.
En la popa había niños que aprendían a dormir con los pies mojados. Cada capitán prometía secarles el suelo. Pasaron tantos años que el agua terminó formando parte de las costumbres del bote. Los niños crecían y otros ocupaban su lugar. Las promesas permanecían admirablemente jóvenes.
Las tablas crujían. Algunas faltaban y la suciedad se acumulaba entre los bancos. Los ocupantes sabían de memoria dónde no pisar. A eso lo llamaban experiencia. Bajo los bancos dormían algunos pasajeros. Los demás pasaban de largo como ante las tablas rotas. Había rincones donde nadie se atrevía a entrar. Allí los capitanes ya no mandaban.
En la bodega encerraban a quienes no querían entre los demás. El lugar había sido hecho para muchos menos. Desde cubierta no se los veía. Eso bastaba para considerar resuelto el problema.
De vez en cuando alguien se arrojaba al agua durante la noche. Al amanecer se contaba a los presentes. Para cada ausencia había una explicación. Para tantas, ninguna.
Los cronistas registraban minuciosamente las discusiones de los capitanes. Los pasajeros discutían las noticias y los cronistas informaban sobre esas discusiones. Nunca faltaban asuntos importantes. Se sabía todo sobre el bote, desde la antigüedad de sus tablas hasta el último desacuerdo sobre las provisiones.
Del océano se sabía bastante menos.
Había cosas que no sabían. De otras ni siquiera sospechaban su existencia. Esas eran las que menos preocupaban. Y si algo nuevo asomaba en el horizonte, siempre había alguien dispuesto a explicar por qué no valía la pena acercarse.
Los mayores les contaban a los jóvenes las hazañas de los navegantes. La tradición decía que habían hecho del bote la envidia de los mares. Se conservaban viejos mapas, pero nadie recordaba cómo leerlos. Algunos se pasaban la vida tratando de interpretarlos y discutiendo qué querían decir. Otros pintaban el bote, componían canciones sobre sus glorias y celebraban la profundidad de su cultura. El horizonte casi nunca aparecía en sus obras. No había sitio para él.
De vez en cuando algún joven conseguía subir a una de las grandes embarcaciones que pasaban a lo lejos. Si allí aprendía a navegar y llegaba lejos, su nombre se pronunciaba con orgullo. Su éxito era una prueba irrefutable de la extraordinaria calidad del bote. Los más admirados eran los que nunca volvían.
Con los años quedaron pocos brazos capaces de remar. Los que seguían a bordo conocían de memoria las reglas del remo, aunque muchos nunca habían sostenido uno. Otros habían remado de jóvenes y les parecía injusto volver a hacerlo. Las discusiones sobre cómo repartir el esfuerzo duraban horas. Lo importante era que nadie cargara con más de lo que le correspondía.
Mientras tanto el océano cambiaba. Aparecían corrientes desconocidas y embarcaciones capaces de recorrer en días lo que antes llevaba años. Algunas ni siquiera necesitaban remos. Desde otros barcos llegaban noticias de tormentas que habían hundido embarcaciones enteras. Los ocupantes las escuchaban con preocupación. Pero les parecía alarmista cambiar sus costumbres por una tormenta que todavía no había llegado.
El bote seguía avanzando. Cada año medían la distancia recorrida y publicaban los resultados. Si habían recorrido más que el año anterior, celebraban un nuevo éxito. Las cifras eran exactas, los informes rigurosos y las felicitaciones merecidas. Nadie sabía cuánto avanzaba gracias a los remos y cuánto lo empujaban las corrientes. La distancia era real. Eso bastaba. Nadie preguntaba hacia dónde iba el bote. Mucho menos si navegaba o simplemente flotaba.
Había días realmente hermosos. El mar estaba tranquilo. La pesca era abundante y alguien cantaba mientras los niños jugaban entre las sogas. Eran momentos felices. Cuando alguien se inquietaba por el porvenir, los demás le recordaban esos días. Y tenían razón. La felicidad era auténtica. La inquietud también. Nadie quería escucharla.
Y así pasaron generaciones. El bote se administraba, se estudiaba y se celebraba. Sus ocupantes habían aprendido a llamar prudencia al miedo, sabiduría a la costumbre y grandeza al recuerdo de sus antepasados. No necesitaban mentir. Habían heredado un relato tan favorable de sí mismos que la realidad apenas encontraba dónde entrar.
Lo más notable era su modestia. Nunca pretendieron cambiar el océano. Ni siquiera comprenderlo. Les bastaba conservar aquel pequeño mundo que tan bien conocían. Cuanto menos sabían de lo que ocurría fuera, más razones encontraban para sentirse satisfechos con lo que sucedía dentro.
Hasta que una mañana el bote comenzó a inclinarse.
Los capitanes pidieron calma. Los cronistas informaron que la situación estaba siendo estudiada. Los encargados de las provisiones recomendaron sacrificios. Los pasajeros discutieron quién había permitido semejante deterioro. Se recordó que el bote había superado dificultades peores, aunque nadie pudo precisar cuáles.
Alguien propuso ponerse de pie para mirar, pero los demás le exigieron que se sentara. No era momento de comprometer la estabilidad.
Y así fue como consiguieron hundirse sin perder el equilibrio.