El asunto es la pregunta
Mario Celano Meyer
Hay una frase de Manuel Jabois en La víspera que parece, al principio, un hallazgo sobre el idioma: «No hay verbo para decir la verdad: no hay verdadear, como hay mentir». Pero unas líneas antes ha escrito que una familia solo sobrevive si no hace preguntas, porque preguntar obliga al otro a responder y lo coloca ante una alternativa incómoda: decir la verdad o mentir. Entonces verdadear deja de ser una ocurrencia.
Mientras nadie pregunta, ciertas cosas pueden permanecer en una zona imprecisa, donde no son exactamente ignoradas ni conocidas. Se sospechan, se rodean, a veces hasta se comprenden, pero nadie les exige una forma definitiva. La pregunta termina con eso. El asunto ya no es la verdad. Es la pregunta.
Una familia puede saber sin saber. Una pareja puede convivir durante años con algo cuyo nombre ambos conocen y ninguno pronuncia. Mientras no haya una pregunta, todavía existe ese territorio intermedio. Después, algo tiene que tomar forma. Puede aparecer la verdad o puede aparecer una mentira, pero ya no queda intacto el silencio anterior.
Mentir tiene verbo porque mentir es hacer algo. Hay que alterar un hecho, construir una versión, recordar después lo que se dijo y procurar que la realidad no la contradiga demasiado. La mentira necesita memoria porque tiene una biografía: nace en un momento determinado y desde entonces debe ser cuidada. La verdad no necesita ese trabajo. Ya estaba ahí. Sin embargo, cuando decirla cuesta aparecen otros verbos: confesar, admitir, reconocer, revelar. No tenemos un verbo para ejercer la verdad, pero tenemos varios para nombrar el precio de hacerla aparecer.
El silencio es otra cosa. No reemplaza una realidad por otra; deja algo sin decir. Nadie cuenta todo lo que piensa, todo lo que recuerda, todas sus dudas, comparaciones, fantasías o pequeñas deslealtades interiores. Amar a alguien no concede acceso administrativo a su conciencia. La intimidad necesita cercanía, pero también necesita una puerta que pueda cerrarse.
El problema empieza cuando detrás de esa puerta guardamos algo que pertenece también a la vida del otro. Hay una diferencia entre conservar un pensamiento y ocultar un hecho cuya verdad podría cambiar las decisiones de quien vive con nosotros. En ese momento el silencio adquiere otro peso. Ya no preserva solamente nuestra intimidad; dejamos que alguien siga eligiendo dentro de una historia incompleta.
También existen relaciones sostenidas por un acuerdo que nunca se formuló: no preguntar. A veces basta una mesa, una conversación que se acerca demasiado a un lugar conocido, una frase que podría continuar y no continúa. Nadie necesita decir «de esto no hablamos». Hay cosas que se saben lo suficiente como para no querer saberlas del todo. A veces ese silencio protege algo valioso. Otras veces protege solamente el equilibrio existente.
Durante años, en la empresa, una de las preguntas que más utilicé fue también una de las más simples: ¿por qué hacemos esto así? Lo interesante no era que produjera inmediatamente una solución. Muchas veces no la producía. Bastaba con que algo que hasta ese momento se hacía porque sí necesitara, de pronto, una razón. Podíamos terminar haciendo lo mismo, pero ya no era exactamente lo mismo. La costumbre había tenido que presentarse a declarar.
Muchas cosas en la vida continúan de esa manera. Uno permanece en un trabajo, en una relación o en una idea de sí mismo mucho después de haber dejado de elegirlos. No necesariamente porque haya decidido conservarlos, sino porque nunca volvió a formular la pregunta que podría ponerlos en duda. Con los años, la ausencia de una pregunta puede parecerse extraordinariamente a una decisión.
Hay preguntas que evitamos porque no sabemos cómo responderlas. No son las más peligrosas. Las verdaderamente difíciles son aquellas cuya respuesta sospechamos, porque sabemos que una vez formuladas ya no nos permiten seguir viviendo con la misma inocencia. Preguntarse si uno quiere seguir viviendo de la misma manera es distinto de preguntarse qué hará mañana. Preguntarse si una relación todavía existe o simplemente continúa es distinto de recordar cuánto duró. Preguntarse si todavía creemos en aquello a lo que dedicamos media vida puede obligarnos a descubrir que la fidelidad y la costumbre se parecen demasiado cuando ha pasado suficiente tiempo.
Tampoco se trata de preguntarlo todo. Hay preguntas inútiles, tardías o destructivas. Hay verdades que no mejoran una vida por el solo hecho de ser conocidas. Algunas cosas permanecen en silencio porque allí están mejor. Otras permanecen allí porque sacarlas a la luz nos obligaría a cambiar. Desde afuera pueden parecer el mismo silencio.
Pero hay una trampa todavía mayor: creer que mientras no formulemos una pregunta hemos conseguido postergar la respuesta. Podemos evitar durante veinte años preguntarnos si elegimos realmente la vida que llevamos, pero esos veinte años no quedan en suspenso. Transcurren. Podemos no preguntarnos por qué permanecemos junto a alguien, por qué seguimos haciendo determinado trabajo, a qué fuimos fieles o cuándo empezamos a traicionarnos. La vida no espera a que terminemos de hacernos las preguntas.
En la portada de esta página hay unas líneas de Sándor Márai. Podemos responder bien, mal, con la verdad, con una mentira o incluso evitar durante años una respuesta formulada. Eso no impide que la respuesta se vaya escribiendo.
«Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera.»