Hallelujah
Mario Celano Meyer
En una entrevista, Fernando Cabrera dijo –con razón– que muchos músicos aprenden a tocar, pero no a escribir. Que se forman en escalas, en técnica, en sonido. Pero que la letra, esa otra mitad de la canción, queda muchas veces a la deriva.
Es cierto. A tocar se aprende. A escribir, no. Nadie te enseña a encontrar una frase que duela justo donde debe. No hay método para eso. Solo tiempo, y silencio.
Yo llegué a Leonard Cohen como muchos, por una canción que ya no era del todo suya. Hallelujah sonaba en todas partes. Había sido versionada, traducida, suavizada. Pero incluso así, algo de su voz se filtraba. Había algo en la forma en que decía “cold and broken hallelujah” que no se parecía a nada. Y quise saber quién era ese hombre que había escrito eso. No lo entendí enseguida. Pero volví. Y ahí estaba.
Un tipo que no venía del espectáculo, sino del papel. Que escribía lento. Que se demoraba. Que dudaba. Que trabajaba una canción durante años sin estar seguro de merecerla. Y cuando finalmente la entregaba, lo hacía como quien devuelve algo prestado.
A los 35 grabó su primer disco. Ya era poeta. Ya había vivido. Dylan había abierto la puerta. Pero Cohen eligió otro camino: uno más callado, más lento, más solo.
Cuando Dylan ganó el Nobel, me pareció bien, aunque nunca lo supe leer. Pero pensé en Cohen. En su manera de llegar al mismo lugar, sin pedirlo. En la forma en que sus canciones no necesitaban explicarse. Como Hallelujah, que tantos otros hicieron suya, y que sin embargo sigue oliendo a él.
Cohen no escribía para recordarse a sí mismo. Escribía para dejar ir lo que no podía cargar más. Y a veces, lo dejaba en forma de aleluya.