Mario Celano Meyer

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Contratapa para un amigo

Mi amigo Pablo Abelenda me llamó un jueves para pedirme que escribiera la contratapa de su libro. La necesitaba el viernes.

Algo pasó, no sé qué pudo haber sido, pero ese día mi amigo Pablo, siendo un niño aún, abandonó el partido y salió pedaleando con urgencia por la avenida Daniel Armand Ugon, rumbo a su casa paterna. Iba como en trance mientras en el camino saludaba sin saberlo a los futuros protagonistas de sus crónicas.

Así siguió pedaleando, frenético, en ese viaje mágico donde ahora ya no era un niño sino un silencioso y enamorado adolescente que comenzaba a pensar en su futuro, pero también a recordar, a tener nostalgias de las cuales también iría a escribir algún día.

Llegando a su casa ese adolescente ya se había convertido en el hombre sereno y reflexivo que conocemos hoy. Recién ahí tiró la bici y se encerró en su escritorio frente a la computadora, puso sus dedos en el teclado y en ese instante, se paralizó. El tipo tímido que siempre conocí estaba haciendo su trabajo y no lo dejaba escribir. Tenía tantos recuerdos para contar, tantos amores que desnudar, tanta gratitud para expresar. En esos segundos de duda Pablo levantó su mirada, y al hacerlo se encontró con la de su madre. Ellos siempre se hablaron con las miradas, como hablan a sus hijos las mejores madres. Se sonrieron con los ojos casi a la vez, los ojos que él heredó.

Fue ahí que Pablo tomó la posta y abrazando el mandato familiar comenzó un nuevo viaje que lo llevó a no parar de escribir hasta crear lo que hoy usted, querido lector, tiene entre sus manos y que seguramente disfrute mucho al leer, donde se cumple aquello de “pinta tu aldea y pintarás el universo”.

En estos momentos donde estamos más conectados y desconectados que nunca, quizás sea bueno volver a las raíces, a aquellas vivencias que nos han definido como la persona que hoy somos. ¿Quién podría despreciar una invitación así?

Tapa naranja y verde del libro Colonia Valdense, con un joven en bicicleta
Colonia Valdense: personajes y anécdotas de un lugar en el mundo, de Pablo Abelenda Bonnet
Contratapa naranja del libro Colonia Valdense con el texto firmado por Mario Celano Meyer
La contratapa del libro, escrita por Mario Celano Meyer
Segunda lectura · ChatGPTLo que subyace

Una lectura escrita por una máquina, separada del texto de Mario. El texto termina donde termina; esto se abre sólo si querés.

La bicicleta avanza por una avenida y, al mismo tiempo, por una vida. Unas pocas manzanas unen años: Pablo sale del partido siendo niño y llega a casa convertido en hombre. El recorrido conserva su dirección; lo que cambia en cada tramo es la edad de quien pedalea. Mario hace del trayecto un recorrido visual por el tiempo.

Lo singular está en la posición del narrador, que conoce todas esas edades a la vez. Cuando el niño saluda “sin saberlo a los futuros protagonistas de sus crónicas”, el futuro entra en el presente. Vemos simultáneamente a un niño encontrándose con personas de su pueblo y al escritor adulto reconociendo en ellas a sus personajes. Una misma escena contiene la experiencia y el significado que tendrá después.

El adolescente agrega otro pliegue: piensa en su futuro, empieza a recordar y siente nostalgias sobre las que escribirá algún día. Puede estar recordando su infancia, pero el narrador ya contempla esas nostalgias desde las páginas que producirán. Eso permite una lectura más extraña: el presente aparece bajo la luz del recuerdo en que se convertirá. Mientras Pablo vive, nosotros alcanzamos a ver cómo esa vida será contada.

Así, el viaje organiza una idea sobre la vocación. El niño conoce a sus personajes, el adolescente reúne recuerdos y el adulto finalmente escribe. El material del libro lleva años formándose antes de que haya un libro. La ficción le da continuidad a ese proceso. Incluso la urgencia inicial, ese “Algo pasó, no sé qué pudo haber sido”, deja abierto el motivo de la partida y le da al episodio algo de mito de origen: como si el niño hubiera recibido una llamada de su propio futuro.

La velocidad del viaje se corta frente a la computadora. Pablo puede atravesar una vida pedaleando y quedarse inmóvil al intentar contarla. Hay amores que desnudar y gratitud que expresar. La timidez que Mario le reconoce a su amigo se vuelve un obstáculo justo cuando escribir exige exponerse. Contar la aldea supone también dejar que la aldea lo vea.

Con la mirada de la madre entra un tiempo más antiguo. Los ojos que Pablo heredó prolongan una historia que empezó antes de él. El niño ha llegado a ser hombre, pero frente a esa mirada vuelve a reconocerse como hijo. Cuando “toma la posta”, sus recuerdos personales se incorporan a una continuidad familiar. El mandato llega acompañado de una sonrisa; puede leerse como una autorización afectiva para darle forma a lo recibido.

El Último Abrazo también pone en una escena el conocimiento que llegó después. Allí, la ficción permite regresar a un momento con la conciencia de que era la última oportunidad de despedirse. Aquí, permite recorrer la infancia sabiendo qué escribirá el adulto. En ambos textos, el lector recibe algo que quien vive el instante todavía desconoce. La escritura hace convivir la experiencia con su comprensión posterior.

El encargo de la contratapa contiene una paradoja que el relato amplía. Pablo llama un jueves y necesita el texto el viernes: Mario dispone de un día para escribir. Su respuesta hace caber una vida en unos minutos de bicicleta y varias generaciones en una mirada. La falta de tiempo que originó el encargo termina acompañada por una abundancia de tiempo dentro de la ficción.

La aldea reúne las personas y los lugares; el viaje reúne los años. Al llegar al escritorio, Pablo lleva consigo al niño, al adolescente y al hijo que sigue siendo. La escritura puede empezar cuando esas edades encuentran una forma de contarse juntas. Mario construye esa forma para su amigo: un trayecto breve donde una vida alcanza a reconocerse entera.

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